La Habana, alegre sin perder su señorío, despliega todo su encanto para acoger al visitante en la majestad de sus calles, de sus viejas y nuevas plazas y en su inolvidable costanera: el famoso malecón habanero que, como deslumbrante cinturón marino, ciñe a la ciudad amorosamente y la entrega a sus habitantes y al que la visita fresca y renovada día a día.
Con una extensión de 727.4 km2, La Habana, situada en la parte más septentrional de Cuba y del archipiélago antillano, se abre hacia el Golfo de México pertrechada tras sus antiguas fortalezas y su profundo puerto.
Llegar a la capital cubana es descubrir una ciudad a la medida del hombre que te invita a caminarla y a descubrirla en sus misterios de amante asequible y esquiva a la vez.
Comenzamos nuestro recorrido desplazándonos hacia el este donde se encuentra su casco histórico, la famosa Habana Vieja, o hacia el oeste de la ciudad dominado por el moderno barrio de El Vedado. En ambas direcciones la vista será maravillosa, a un lado el mar con su intenso color azul y del otro la ciudad con sus hermosos edificios, y su simpática gente.
El casco histórico de esta ciudad, sus edificios, sus museos y palacios, sus conventos, su mansiones coloniales y sus antiguas plazas, sus restaurantes, y bares, hacen las delicias del visitante. La atmósfera que se respira es de una alegría contagiosa que invitan al esparcimiento y al amor.
De las visitas más importantes, es la de la Fortaleza de los Tres Reyes de El Morro, situada en la entrada de la bahía de la Habana, frente a la ciudad, y construída en 1563 con grandes rocas coralinas. Con un faro de 24m, puede apreciarse la bahía desde sus restaurantes y cafeterías.
Vistas de un atardecer nuboso sobre la bahía de la ciudad, tomada desde el edificio Focsa.
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